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martes, 14 de abril de 2020

¿Qué nos pueden enseñar sobre aislamiento los uruguayos de la Antártida?

Quienes vivieron y todavía residen en este lugar pueden ser de ayuda para lograr sobrellevar la cuarentena local: ¿Qué nos pueden enseñar sobre aislamiento los uruguayos de la Antártida? 

La Base Artigas 

Aportes uruguayos para sobrellevar el aislamiento

Tomado de El Observador
27 de marzo de 2020
por Matías Castro

Entre una isla en la que la temperatura alcanza los 20 grados Celsius bajo cero, o más, y el Uruguay otoñal, hay algún punto de contacto. De las 20 horas de oscuridad en la que viven los uruguayos de la base antártica Artigas durante el invierno a la falta de rutina de quienes viven en cuarentena en el país por el coronavirus tal vez haya menos distancia de la que parece. Después de todo, se trata de ocho personas que deben convivir en un espacio limitadísimo y sin transporte fuera de la isla entre abril y diciembre.

El coronavirus afectó también a este continente. La base Artigas canceló su último vuelo, previsto para el 14 de abril, por lo que hay cinco funcionarios que debían volver a Uruguay y que ahora esperan por una vía alternativa. Les llegará y no se quedarán allí todo el invierno, asegura el actual jefe de base, el coronel Emilio Obelar.

“Tengo la suerte de tener una dotación proactiva que está en la búsqueda de hacer cosas, mejorar las instalaciones”, afirma Obelar.

Como todos los que han estado en su rol desde 1985, debe lidiar con un grupo en pleno confinamiento en un espacio cerrado donde las tareas diarias son mínimas. Es que el objetivo durante el invierno es mantener la presencia uruguaya en la Antártida, uno de los requisitos para los países que integran el Tratado Antártico.

Rutina contra la depresión del encierro

Lo que ocupa a la dotación en el día a día es chequear los generadores eléctricos (vulnerables a las ventiscas), despejar la nieve acumulada, mantener los talleres y los tres vehículos, cocinar y lavar (tal vez las tareas más demandantes), medir las temperaturas y vientos y mantener un flujo de comunicaciones con Uruguay y las demás bases. Salvo las meteorológicas y de comunicaciones, las demás tareas pueden tener o no un horario o día fijo. Los días de la semana no se diferencian, las horas de luz se acortan hasta que van de diez de la mañana a la una o dos de la tarde y cada función se puede cumplir en poco rato salvo emergencias.

En estas circunstancias es fácil caer en la abulia, pasar a la depresión y generar un caldo de cultivo para conflictos.

“Tal vez no sea necesario levantarse a las 7, pero tiene que haber una rutina. En circunstancias así hay que fijarse metas y seguirlas, de a poco, día a día. Yo hago gimnasia seis días a la semana y busco distintas rutinas. En la noche miramos juntos alguna película o una serie”, afirma Obelar. Detrás de él hay 35 años de experiencia de las dotaciones anteriores.

Una de las tareas que se proponen es la de despejar la ferretería de material viejo. Recientemente, además, extrajeron los restos de una vieja plataforma que estaba hundida desde 2013 en el lago del que sacan el agua para la base. Por otra parte, en estas circunstancias laborales tan infrecuentes, se apoyan mucho en el entretenimiento colectivo, con un pool, una PlayStation, el uso de una biblioteca o un asado semanal.

Hoy la base tiene un galpón, talleres, un gran comedor, dormitorios en abundancia, un laboratorio, una enfermería y una estación de comunicaciones. Aunque el largo invierno obligue al confinamiento y cierre opciones, es mucho más de lo que había en 1986, cuando por primera vez un grupo de uruguayos atravesó lo que se conoce como “invernada”.

Un aislamiento duro

El coronel retirado Heber Cappi fue el jefe de base entre enero de 1986 y marzo del año siguiente. Cuenta que durante aquel primer invierno se quedaron 11 militares hacinados en tres refugios. Uno de esos refugios tenía la radio, otro era un galpón que incluía el baño y el tercero tenía las habitaciones, cuyas puertas no se podían abrir del todo porque se chocaban con las cuchetas. Para comunicarse con el mundo exterior tenían una radio que podían usar una vez por semana.

“Hubo un solo día en que no desarrollé tareas, que fue cuando entregué el mando”, asegura Cappi. “Con 23 grados bajo cero y hasta -60 de sensación térmica hubo tarea afuera. No se podían dejar de hacer porque de lo contrario la nieve bloqueaba la salida e impedía llegar a los gabinetes higiénicos. Allá, como acá, si alguien está bien equilibrado quiere salir y estar más libre. Nosotros no salíamos porque la nieve nos inhibía. En esta cuarentena hay que hacer lo contrario”.

Para establecer otro paralelo con la cuarentena actual, Cappi cuenta que casi no tuvo referencias previas para lidiar con esa tarea tan infrecuente para un uruguayo. El coronel fundador de la base había hecho un cursillo antártico en Nueva Zelandia y de ahí surgía el conocimiento que manejaba.

“Había que llevar a esa gente, de alguna forma mirar dentro de ellos para ver cuál era su espíritu –comenta–. La válvula que tenía era, cuando el tiempo aflojaba, aunque teníamos solo una moto de nieve, ir a las bases cercanas, que por la dificultad de la geografía y el clima se hacían lejanas. También le daba tareas a cada uno. Hoy cocina uno, pero la higiene la hacía otro. Yo empecé a lavar para que luego lavaran los otros. Después no tenían más alternativa que seguir”.

Tomar la iniciativa es fundamental para quien ocupa el rol de líder, sobre todo porque en ese tiempo es poco viable arrestar a un insubordinado. En su caso, lo que ocurría era que muchos se aguantaban las ganas de ir al baño solamente para no hacerse cargo de palear la nieve que bloqueaba las puertas. Así que él tenía que dar el primer paso para que otros lo siguieran.

Lejos de lo que se espera de la dureza de los mandos militares, para Cappi era necesario acercarse a su personal y escucharlos. Si veía que alguien se cerraba mucho y estaba notoriamente mal, intentaba escucharlo y entenderlo. Con los años, la base y la experiencia antártica fueron evolucionando y permitieron otras estrategias.

Deportes y arte

Hasta 1998, cuando llegó internet a la base, solo había teléfono satelital para comunicarse con el exterior. “Eso fue un cambio notable para los períodos de aislamiento”, explica el coronel retirado y escritor Waldemar Fontes, quien fue jefe de base en 2000, 2007 y 2009. “Antes de internet era más común que se reunieran a conversar, a jugar a las cartas. Aunque era un internet muy básico, la gente empezó a aislarse. Estaban comunicados a distancia pero quizás no sabían lo que le pasaba al de al lado, cosa que ahora vemos a diario en el resto del mundo”.

Su principal estrategia fue siempre mantener ocupado a su personal más allá de los trabajos básicos de la base, lo que se ejecuta de un modo distinto según el grupo humano que toque. En el año 2000, por ejemplo, acondicionaron el galpón y practicaban vóleibol todos los días y de lunes a viernes miraban una telenovela a las 9 de la noche. Otro año hicieron manualidades, organizaron un concurso interno y se votaron entre ellos.

Todos los años se realizan competencias deportivas en la base chilena. Fontes cuenta que en 2009 se incendió el lugar en el que las hacían, por lo que debieron cancelarse. Y cambió la estrategia. Como los jefes de las bases china y rusa eran aficionados a la poesía, propusieron hacer un certamen de este género entre países que estaban en la Antártida. Fontes organizó talleres de lectura y escritura y los uruguayos participaron con sus colegas extranjeros.

Otro año, por ejemplo, hicieron muestras de teatro entre otras iniciativas.

“Lo importante más que el producto final es todo lo que se organizó para crear eso –recuerda Fontes–. Esas actividades insumen una cantidad de tiempo y marcan una rutina, reuniones. Pero siempre depende del grupo”, agrega.

Y, del mismo modo que decía Cappi, asegura que es necesario hablar y negociar. Y que el jefe, para mostrar su liderazgo, tiene que dar el primer paso y, por ejemplo, barrer antes que su personal.

Ejercicio en pocos metros cuadrados

Para el teniente coronel Alejandro Capeluto y el coronel retirado Gustavo Dalmonte, que fueron jefes en años recientes, la rutina y los horarios para iniciar el día son fundamentales.

Presentarse en el comedor a las 8 de la mañana, hacer una puesta a punto del día y desayunar al mismo tiempo es el punto de arranque que corresponde a cada jornada.

Otro punto en común entre Capeluto y Dalmonte es mantener la actividad física como antidepresivo y paliativo del cansancio psicológico.

“En la Antártida teníamos un pequeño gimnasio, pero aquí tenés rutinas para buscar en internet y que se pueden hacer en un pequeño espacio en la casa. Aunque hubiera encierro y muchas horas de noche, mover el cuerpo impacta en el estado de ánimo”, afirma Capeluto.

Dalmonte optaba por asignar turnos obligatorios para el uso del gimnasio, ya que la cantidad de aparatos no permitía que todos los usaran a la vez. Además, apelaba a las actividades recreativas colectivas, como jugar a las cartas o ver una película.

Eso, además, permite conversar y saber qué les sucede a las personas con quienes se convive.

“Creo que el aislamiento aquí (en Montevideo) puede ser más angustiante que en la Antártida –opina Capeluto–. Porque es más frustrante estar cerca, quizás a media hora de ómnibus, pero no poder acompañar a un ser querido”, indica.

Fuente: El Observador
con el aporte del Departamento de RR.PP. del IAU
#QuedateEnCasa

viernes, 13 de marzo de 2020

Había que recuperar el generador



En abril de 2007 se vivió una pequeña crisis que se produjo a consecuencia de la inclemencia del tiempo y tuvo aristas muy interesantes.  En el vuelo de ese mes había concurrido a la Antártida un equipo de UTE, conformado por el Ingeniero Andreo Benech, Wildemar Martínez y Miguel Viera. Así recuerda lo que sucedió el Tte. Cnel. Waldemar Fontes, Jefe de la Base Artigas en la dotación Antarkos 23, del año 2007.


El rescate del generador
Acuarela de Waldemar Fontes exhibida en la Antártida
en la muestra Ostara 2007


El rescate de un generador

por Waldemar Fontes






Durante el año 2007, me tocó, por segunda vez, comandar la Base Científica Antártica Artigas (BCAA), a cargo de la Dotación Antarkos 23.  Algunas de las actividades más notorias, quedaron registradas en el blog que llevaba, pero siempre quedan cosas pendientes, como esta anécdota, que fue publicada por UTE en el libro "Nuestra energía en la Antártida..." al cumplirse 25 años de trabajos en apoyo a la Base Artigas.

Les cuento...

En el vuelo de diciembre de 2006 se había transportado a Montevideo uno de los generadores para hacerle un mantenimiento mayor, quedando en la base solo dos generadores, uno de ellos al límite de sus horas de uso.

En abril de 2007, el encargado de los generadores, el Sub Oficial de Segunda Ruben López debió ser  evacuado por problemas de salud y había sido sustituido en sus funciones por el Cabo de Primera Marcos Aguiar, que formaba parte del grupo de apoyo logístico que trabajaba en la base durante el verano.

A fines de abril se esperaba la llegada del último vuelo de la campaña de verano, en el que llegaría el relevo del electricista y además el generador que faltaba, el que debería ser instalado y puesto a punto para enfrentar la invernada.

Ese año el frío comenzó temprano. Ya en los primeros días de abril el mar comenzó a congelarse y se acumuló mucho hielo en la costa. El mal tiempo dificultó incluso la evacuación del Suboficial López, quien sufrió mucho pues lo había afectado una vieja lesión de la columna y ya no quedaban en la base calmantes como para aliviar sus dolores y el avión que lo iba a evacuar no podía llegar por las malas condiciones meteorológicas.

Hubo  intensas  ventiscas  que  duraron  varios  días  y  el camino hacia la base Frei fue quedando cubierto de nieve y muy difícil de transitar. Finalmente el Suboficial López fue transportado desde nuestra base hacia la base chilena en un helicóptero de la FACH (Fuerza Aérea de Chile) y desde allí a Punta Arenas en Chile, donde por fin recibió mejor atención médica, para luego evacuarlo a Montevideo.

Cuando llegó el vuelo uruguayo los días estaban lindos, pero las intensas nevadas habían bloqueado el camino en varios trechos. En verano, transportar el generador desde el aeropuerto hasta la Base Artigas era algo muy sencillo, que se hacía con apoyo de un camión Ural de los rusos, pero en las condiciones de ese momento era imposible. El camión no podía circular por el camino.

La solución sería transportar el generador en un trineo que tenían los rusos y cincharlo con un viejo tractor amarillo, con orugas metálicas, que operaba en la zona desde los tiempos de la Unión Soviética…

El famoso tractor amarillo era muy querido por todos allí, pues era el único vehículo que podía llegar
a cualquier lado y desatascar a cualquier vehículo que quedara pegado en la nieve o el barro. Así que una vez analizada la situación, los rusos comenzaron el transporte del generador sobre el trineo; la gente de la Base Artigas acompañaba el desplazamiento, ayudando a quitar la nieve que se acumulaba por el arrastre.

Todo iba bien, hasta que cuando el tractor se preparaba para subir el empinado repecho que se halla  luego de pasar por la bahía de los tanques rusos, sufrió un desperfecto. Había reventado una de las poderosas orugas y el fiel tractor, que tantas veces había ayudado a otros, se quedó esta vez enterrado en el barro, en la parte más baja del camino, de donde no se lo podía mover para atrás ni para adelante.

Que el tractor hubiera quedado atascado era una pena, pero para los rusos, acostumbrados a pasar tremendos trabajos  con  esa  potente  máquina,  no  era  ninguna tragedia. Todo sería cuestión de tiempo y tal vez en quince o veinte días, trabajando a mano allí mismo entre la nieve, reacondicionarían la oruga y el tractor seguiría andando…

El asunto era que junto con el tractor había quedado empantanado el trineo, con el generador de la Base Artigas encima.

La primera reacción de los que venían con el convoy fue desenganchar el trineo y comenzar a cavar la nieve para intentar seguir tirándolo con el carrier de la Base Artigas, lo cual funcionó para unos diez metros de movimiento, pero apenas comenzada la subida, no había manera de moverlo.

En esa campaña estaban recibiendo su bautismo antártico el Capitán de Fragata (CIME) Alejandro Deus, nobel integrante de la Dirección Logística del IAU, que pisaba la Antártida por primera vez en esos días y el Ingeniero Andreo Benech, de UTE, quien también pisaba la nieve antártica por primera vez.

(…) Cuando me vi enfrentado a esta crisis, viendo que tenía a un ingeniero lleno de bríos, que demostraba liderazgo en el terreno e inteligencia para resolver situaciones complejas y que por otro lado, tenía a un capitán de fragata, especialista en máquinas y con gran don de gentes, concluí que podría dejar el asunto del generador en sus manos, mientras yo me ocupaba de atender lo que ocurría en la base, que se había llenado de gente, con autoridades que nos visitaban, científicos, relevos y muchas cosas más.

Luego de verificar que las cosas en la base estaban encaminadas, volví al camino para verificar qué pasaba con el atasco y con gran preocupación comprobé que no habría posibilidades de avanzar, por más buena onda que le pusieran, si no se contaba con otro tipo de apoyos.

(…) En esa situación, regresé a la base con las autoridades y sin decir nada me fui a la oficina, pensando qué hacer. 

La única alternativa sería pedirles ayuda a los chilenos, que si bien tenían algunos tractores, los mismos estaban destinados al mantenimiento del aeropuerto de su base y no los movían más allá de esa zona.

Para otra situación sabía que me dirían que no era posible apoyar, pero en este caso, lo tendrían que hacer… Entonces me armé de valor y llamé por radio al jefe de la Base Frei a quien le planteé la desesperada situación, explicándole que si no extraíamos el generador en ese invierno tendríamos serias dificultades y que si bien era consciente de que le pedía una ayuda excepcional, no tenía a nadie más a quien recurrir.

Durante el verano habíamos entablado una fluida amistad con el Comandante Raúl Jorqueras de la FACH y éste, al recibir mi mensaje, sin dejarme terminar me dijo que contara con su ayuda.

En pocos minutos llegó hasta donde estaba el atasco un Sno-Cat de la Base Frei con un mecánico que se puso a la orden.

Entre los uruguayos, los rusos y el chileno se evaluó la situación y se comprobó que la única forma de sacar el generador sería abriendo un camino con las palas de nieve de los Sno-Cat chilenos y eso fue lo que se empezó a hacer.

Trabajaron varias horas y se acondicionó una calle que quedó instalada entre altas paredes de nieve, por la cual podía circular el tractor de ruedas de la Base Artigas, pero eso tampoco fue suficiente. El repecho era demasiado empinado y no subía el trineo.

Como jefe, yo observaba y dejaba que el capitán Deus y el ingeniero Benech dirigieran la operación, pues lo hacían coordinadamente bien. Me volví a la base, donde la vida seguía y se estaba trabajando intensamente en otras tareas.

Más tarde recibí un llamado de que necesitaban el carrier, pues harían un intento de mover el generador, así que fuimos hacia el lugar, donde me explicaron que harían un tren con todos los vehículos disponibles, lingados y enganchados unos con otros.

Era una maniobra peligrosa pero razonable, así que les dije que siguieran adelante y me instalé en una altura a ver qué pasaba, mientras hacía fuerza mentalmente… Habían enganchado cuatro vehículos. La pala de nieve de los chilenos abría la marcha, luego al medio nuestros dos carriers y al final el Sno-cat chileno.

Por la  radio  se  dio  la  orden  de  comenzar  a  marchar y lentamente el trencito comenzó a  moverse  y  subir la cuesta. El trineo con el generador comenzó a subir también. Primero llegó a la cima el vehículo chileno, luego el primer carrier y entonces la fuerza de tiro fue mayor; el tren adquirió velocidad y el trineo subió y subió y ¡llegó a la cima del repecho!

Una vez allí, todos comenzaron a aplaudir y se abrazaban contentos. Desde esa posición sería más fácil llegar a la base y una vez allí el generador estaría a salvo.

Fue una maniobra compleja y difícil que afortunadamente salió bien, pero por sobre todo, fue un ejemplo de cooperación internacional e interinstitucional, que demostró que cuando las situaciones apremian, las personas son capaces de ser solidarias y dar lo mejor de sí en pos de un bien común.

Este hecho fue uno de los momentos que más me marcó en las variadas situaciones difíciles que he debido vivir, comandando gente, en las partes del mundo en donde me tocó estar y cada vez que lo recuerdo… me sigue emocionando...




A continuación, pueden ver un vídeo realizado por alguien que estuvo en la Base Artigas en esos días y quiso testimoniar el difícil momento.




.oOo.

Hay mucho más para conversar sobre este y otros temas, así que para saber más sobre la Antártida y su historia, están invitados a seguirnos en Crónicas Antárticas...
#CronicasAntarticas

Referencias:

  1. FONTES, Waldemar "Historia de la Base Científica Antártica Artigas 1984 - 25 años – 2009", 
  2. UTE: "Nuestra energía en la Antártida: UTE en la Base Artigas" Presentación del libro
  3. libro digitalizado: "Nuestra energía en la Antártida: UTE en la Base Artigas"
  4. Blog de la dotación Antarkos 23
  5. Muestra de Arte "Ostara 2007" 

miércoles, 18 de julio de 2018

Aprendiendo a invernar: 1987



En el invierno de 1987, se realizó la segunda invernada en la Base Artigas y con la experiencia adquirida por la dotación del año anterior, se habían mejorado un poco las instalaciones. El jefe de aquella dotación, Orosmán Pereyra, recogió sus vivencias en apuntes y notas que luego fueron publicadas en el libro de su autoría “Uruguay y uruguayos en la Antártida” de donde extraemos algunos fragmentos que nos hacen vivir, las dificultades que experimentaron, pero también ricas experiencias de vida que son dignas de ser leídas...

Esta crónica fue preparada para “Proyección a la Antártida” del programa Proa al Mar del sábado 14 de julio de 2018, trasmitido por Radio Uruguay


Aprendiendo a invernar: La dotación de 1987 en la BCAA
por Waldemar Fontes



Fotografía de la Dotación 1987 de la Base Artigas

En el invierno de 1987, se realizó la segunda invernada en la Base Artigas y con la experiencia adquirida por la dotación del año anterior, se habían mejorado un poco las instalaciones. 

El jefe de aquella dotación, el Tte Cnel Orosmán Pereyra, recogió sus vivencias en apuntes y notas que luego fueron publicadas en el libro de su autoría “Uruguay y uruguayos en la Antártida” de donde extraemos algunos fragmentos que nos hacen vivir, las dificultades que experimentaron, pero también ricas experiencias de vida que son dignas de ser leídas.

Al comenzar el período de invierno, Orosmán Pereyra decía: 

Ahora, nos es posible ampliar nuestra visión del clima, que podemos dividir temporalmente en dos períodos bien definidos climáticamente y dos etapas fugaces que las enlazan entre si. Se trata del verano y del invierno antárticos, si bien a este último lo podemos denominar «de invernada», ya que está íntimamente ligado a la relativa actividad humana y de vida animal que durante el transcurso del mismo se puede desarrollar.

Luego comienza una etapa muy fugaz (etapa intermedia), que se hace muy difícil diferenciarla del invierno, a no ser por las horas de luz solar y el rigor de los intensos fríos. Hasta principios de octubre, reina el invierno, seguida de otra etapa intermedia- En este período comienza lentamente el descongelamiento en todas las partes en las que aparecerá tierra durante el verano, haciéndolo a un ritmo mucho más vertiginoso a medida que se incursiona en la estación propiamente dicha.

Nuestro primer invierno en la Antártida

El momento tan esperado por nosotros por fin había llegado. Ahora, no solamente se probaría nuestro espíritu de cuerpo, la unión entre los hombres de la dotación, sino que entrarían en ese examen, las instalaciones de abastecimiento de agua potable y las de evacuación de aguas servidas que, con nuestra escasa experiencia, habíamos construido durante el verano. Como así también, otras construcciones efectuadas por nosotros durante el mismo período. Los víveres iban a tener un papel fundamental en esta revisión. ¿Los cálculos que habíamos efectuado sobre los insumos serían los adecuados? ¿Su consumo estaba ajustado a los valores correctos o no? ¿Funcionaríamos todos nosotros como un equipo frente al gran examinador, el invierno antártico, o caeríamos derrumbados ante las primeras dificultades?

Al quedar solos los doce hombres del personal de invernada, las condiciones de vida cambiaron, del mismo modo que se modificaron las loras de luz solar. Cada día que comenzaba, el sol aparecía más y más tarde y culminaba en el horizonte más y más temprano.
Hasta que llegó el día en que tuvimos la menor cantidad de luz solar. Desde las 10 de la mañana hasta las 16 horas. …no pasaba de ser una penumbra crepuscular permanente. A las 16 horas, ya estábamos en plena noche cerrada. 

Esta situación hizo modificar el horario de trabajo de la Base. un horario necesario, ya que marcaba una disciplina, un ordenamiento, una rutina para que cada uno ocupar su tiempo en las distintas tareas de mantenimiento y permitía que el personal no estuviera ocioso durante este tiempo de sombras largas...



Alas de Saber, Cofres de Luz 

Con uno de los buques soviéticos que transportaban carga para la Base vecina Bellinghausen, desde Montevideo, recibimos una carga general para la Base nuestra. En ella se encontraban, incluidos, una serie de cajones que, cual preciados cofres, contenían libros que correspondían a una importante donación que nos hacía el Ministerio de Educación y Cultura. 

La sobrecarga del trabajo veraniego y, la falta de espacio físico para armar las estanterías metálicas, que contendrían ordenadamente esos libros, procesar el trabajo y ordenarlos hicieron que, el invalorable material permaneciere guardado hasta que en la quietud del invierno, con tiempo y espacio físico suficiente, se pudiera atender tan importante tarea. 

Llegado ese momento, se procedió al armado de las estanterías metálicas que habíamos recibido para organizar la biblioteca. La ubicación que le dimos a los estantes fue en el módulo número tres, que en verano funcionaba como laboratorio. Ahora, lo haría como sala de lectura y recreación, ya que habíamos construido también una mesa de ping-pong. 

Una vez que hubimos armado las estanterías, comenzamos a sacar los libros de los cajones y procedimos a inventariarlos y ordenarlos de acuerdo a su temática. De este modo, libros de poesía, ciencia, historia, geografía y cuentos diversos enriquecieron el preciado tesoro que nos acompañaría el resto del año y que permanecería en la Base para el deleite futuro de los que aprecien la buena lectura. 

Encaramados en cada frase que poblaban las hojas de los libros viajábamos por otras partes del mundo, conociendo y disfrutando, otros paisajes, desde la gélida y nívea Antártida... Así fue como recorríamos épocas pasadas, hechos y momentos históricos que cada cual recreaba en su mente. Gozamos la lírica y la musa de la poesía, como así también la recreación de los cuentos. 

Compañeros silenciosos, bastaba solamente abrir sus tapas para que las luces, sonidos y melodías encerradas en su interior vibraran dentro de quienes recorríamos sus escritos. 

Eran realmente cofres de luz que solamente bastaba abrirlos para que con su claridad iluminaran las tinieblas que nos acompañarían en el silencioso, oscuro y frío invierno polar...

«Inmensamente» pequeño

Transcurría el invierno, podría decirse, normalmente. Días de escasísimas seis horas de duración diurna. Un sol pálido corría detrás de las alturas del Glaciar Collins, sin que pudiéramos ver su rostro. Desparramaba apenas una mortecina luz que se filtraba por entre el manto de nubes como si fueran vidrios esmerilados. Días y noches de fuertes vientos y nevadas habían acompañado nuestras vidas por más de una semana. En lo que restaba del día, el viento amainaba hasta quedar, por momentos, totalmente calmo. 

En presencia de la noche prematura, que ya anticipaba su comienzo, se adivinaba un cielo nublado, pero que presentaba algunas quebraduras por donde se asomaban muy tímidas estrellas. 

Una vez culminada la tarea cotidiana, me dirigí hacia el alojamiento que funcionaba como dormitorio, cocina y Comedor. 

Al abrir la puerta, el cálido olor a comida en su interior invadió mis sentidos. A espaldas mías quedó la negra noche, la blanca nieve, que se posesionó de mis huellas. El Cocinero preparaba lo que teníamos de cena para esa jornada. Alrededor de la mesa, un grupo de hombres jugaba al truco y tomaba mate. Me integré a la rueda del mate. Las horas fueron transcurriendo, cenamos acompañados por los diálogos de todos los días. 

Culminada la cena, se levantó la mesa, Una vez cumplidas estas tareas, todo el personal se dispuso a ver un «video». Disminuida la iluminación del salón donde estábamos, quedamos con la atención fija en lo que nos ofrecía la pequeña pantalla. 

El tiempo que se insumía entonces, se ganaba derrotando las largas horas de sombras y de quietud obligada. Una vez terminada la proyección televisiva, mientras algunos se retiraban a sus cuartos para descansar, otros jugaban al ajedrez. 

Por mi parte, comencé la gimnasia diaria, obligada, de vestirme, como todos, con la ropa protectora aislante. Pantalones, parca, gorra, botas y guantes componían el equipo. 

Ya estaba pronto y en condiciones para recorrer los cuarenta metros que me separaban del alojamiento en que estaba ubicado mi dormitorio. Di las buenas noches a los hombres que permanecían en el lugar y, abrí la puerta. Esperaba encontrarme con el frío viento que normalmente movía la nieve en pequeños remolinos. Pero para mi sorpresa, la calma era total, un gran silencio me rodeaba. Solamente oía, mis propios pasos. El peso de mi cuerpo rompía la capa helada de la nieve que cubría el suelo, con un crujido característico. Instintivamente levanté mis ojos hacia el cielo y mi andar se detuvo. El éxtasis invadió mi alma. 

Mudo y silencioso, como el mismo silencio que me rodeaba, contemplé un espectáculo maravilloso, uno de esos privilegios que me brindó mi pasantía por la Antártida, uno de esos espectáculos que, pocas veces en la vida y, a muy pocas personas, le es dable observar y que yo, deseo compartir con mis lectores. 

Ante mí, sobre mi cabeza, pude contemplar un cielo inmensamente estrellado como nunca antes pude observar en lugar alguno. Millones de tintineantes cirios brillaban en ese instante ante mis ojos. Permanecí allí por unos cuantos minutos que me son difíciles de precisar. Sentía como que me hundía lentamente en el suelo. Cuando retomé la conciencia, estaba tal cual me hallaba cuando me había detenido a observar ese espectáculo maravilloso. 

La sensación que había tenido de estar hundiéndome en el suelo no había sido más que una ilusión. La cantidad de estrella s era tan grande, y tal su densidad, que a medida que pasaban los minutos me sentía cada vez más inmensamente pequeño. 

La intensa y espesa negrura de la noche, de ese cielo que se convertía en un espectáculo vacío poblado por miles y miles, o mejor, millones y millones de plateados puntos me ubicaban en mi justa dimensión. Un diminuto planeta, ubicado en el espacio infinito, rodeado totalmente de millones de otros cuerpos celestes. 

Cada cual con sus propias movimientos, con un bien determinado orden en ese aparente caos y, con miles de seres que, tal vez, caminando en sus respectivas noches y, mirando también ellos hacia el cielo, estuvieran sintiendo las mismas sensaciones y sentimientos que sentía yo en ese momento. Me pareció entonces que, Dios, había rozado mi espíritu y mostraba su presencia. Me sentí inmensamente pequeño, en esa inmensidad tan grande...

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Los invitamos a buscar el libro "Uruguay y Uruguayos en la Antártida" de Orosmán Pereyra e Isac Gliksberg para leer toda las vivencias de aquella dotación antártica y mucho más.

Para seguir conociendo sobre el Uruguay y la Antártida, los invitamos a seguirnos, en #CronicasAntarticas

Referencias: 
"Uruguay y Uruguayos en la Antártida . Un nuevo Horizonte, un Desafío" de Orosmán Pereyra e Isac Gliksberg, con prólogo del Dr. Luis Alberto Lacalle. Editorial Arca, Montevideo 1994

sábado, 7 de julio de 2018

Primeras invernadas



Durante los meses de junio y julio, los días son muy cortos... Las personas que permanecen el invierno en la Antártida, deben tener un perfil específico, que ha sido estudiado por psicólogos y médicos y quienes tienen las características adecuadas para esa tarea, realmente disfrutan la aventura de pasar un invierno en esas particulares condiciones...

Esta crónica fue preparada para “Proyección a la Antártida” del programa Proa al Mar del sábado 7 de julio de 2018, trasmitido por Radio Uruguay

Las Primeras Invernadas en la Antártida
por Waldemar Fontes

Parte de la dotación del invierno 1986 en la BCAA

¿Cómo es el invierno en la Antártida? ¿Qué temperaturas hacen? ¿Cómo se protegen del frío? ¿Qué comen? Son algunas de las preguntas que siempre hace la gente a quienes invernan en la Antártida. 

Durante los meses de junio y julio, los días son muy cortos en las latitudes donde se encuentra nuestra base Artigas, sobre el paralelo 62º Sur, habiendo apenas unas cuatro horas de luminosidad difusa, como en el atardecer de un día nublado en invierno. El día en esas condiciones, se presenta entre las 10 de la mañana y las 4 de la tarde, en que ya queda de nuevo totalmente oscuro. 

En esas condiciones, el ritmo de vida se enlentece y el ser humano comienza a actuar diferente. Algunos tienden a dormir mucho más de lo que habitualmente harían y se distorsionan los horarios y tiempos de trabajo y descanso, pero también están aquellos que realizan actividades creativas, como ser manualidades, artesanías, dibujos, etc. 

Las personas que permanecen el invierno en la Antártida, deben tener un perfil específico, que ha sido estudiado por psicólogos y médicos y quienes tienen las características adecuadas para esa tarea, realmente disfrutan la aventura de pasar un invierno en esas particulares condiciones. 

A medida que nos adentramos hacia el Polo Sur, en los meses de junio, julio y agosto, la oscuridad es cada vez más profunda, ocurriendo que en el propio Polo Sur, la noche sea total en estos meses y se produzca un único amanecer por año, al comenzar el mes de setiembre, cuando el sol comienza a quedar visible para no ponerse de nuevo hasta el año siguiente. 

Si las condiciones de vida parecen duras en bases donde hay posibilidad de contactarse con otras personas o de recibir ocasionalmente un vuelo, aunque sea en pleno invierno, como ocurre en las estaciones ubicadas en la Isla Rey Jorge, imaginen lo puede ser en bases donde a partir de marzo, las dotaciones quedan totalmente aisladas y recién a fines de octubre o en noviembre, podrán recibir suministros y relevos. 

Actualmente, las bases antárticas tienen buenas instalaciones, pero las primeras personas que debieron invernar en la Antártida, lo hicieron obligadas. 

En 1819, se produjo el naufragio del Navío San Telmo, que luego de zarpar del puerto de Montevideo, se dirigía al Perú, con tropas y suministros para reforzar las posiciones españolas que estaban siendo derrotadas por la revolución americana y al año siguiente se encontraron restos del naufragio, comprobándose que varios tripulantes lograron sobrevivir, refugiándose en diversos lugares de las islas Shetland del Sur, por lo que habrían sido las primeras personas en pasar un invierno en esas latitudes. 

Lamentablemente no hubo posibilidad de que nadie concurriera a su rescate y quien sabe, luego de pasar que penurias, todos murieron allí. 

Mejor suerte tuvieron un grupo de once cazadores de focas, desembarcados a trabajar en una playa de la costa norte de la isla Rey Jorge en 1821, los que al zozobrar su barco, el Lord Melville que los debía recoger al finalizar sus labores, debieron pasar el invierno en las playas de la bahía Venus, de donde al año siguiente, pudieron ser rescatados con vida. 

Más adelante en el tiempo, la expedición liderada por Adrián de Gerlache, debió pasar el invierno de 1898, en su barco el Bélgica, que quedó atrapado en el mar congelado, pudiendo zafarse por sus propios medios, al comenzar el deshielo del verano siguiente. 

A partir de 1899, los británicos comenzaron una serie de expediciones de larga duración, con la finalidad de explorar y estudiar las regiones que desde el Mar de Ross, permitían adentrarse al interior del Continente Helado, con intención de llegar al propio Polo Sur, por lo que se establecieron varias estaciones logísticas en la costa, donde se produjeron las primeras invernadas, organizadas. 

En nuestro país, una vez concretada la instalación de la Base Científica Antártica Artigas en 1984, se comenzó a preparar la misma para dejarla operativa durante todo el año, lo que empezó a hacerse realidad en el invierno austral de 1986, cuando la dotación de once personas, pasó allí el primer invierno en la Antártida. 


Aquella dotación estaba integrada por el Tte. Cnel Heber Cappi, como Jefe de Base. El Dr. Santiago Grun, quien se desempeñó como médico, el Mayor Bernabé Gadea, como jefe del Proyecto de Meteorología y Raúl Grisolia y Héctor Fontana, como operadores meteorológicos. El Sargento 1º Luis Morais, como mecánico, el Soldado Mario Cantini, como encargado de los generadores eléctricos, el Cabo Derceo da Costa, como encargado del depósito logístico, el Sdo. Efraín Freitas, como cocinero y los Aerotécnicos Amado Sanes y Enrique Umpiérrez como radio operadores. 

Sobre esta primera invernada, escribía Heber Cappi: 
La preparación de la misión significó, entre otras cosas, determinar, conforme a regímenes alimenticios adecuados, los víveres necesarios para, una vez allí, permanecer nueve meses (entre marzo y diciembre) sin otros abastecimientos. 
Las ropas provistas para la misión, debido a la falta de experiencia anterior, resultaron no ser las más adecuadas y las dificultades que pasaron para obtener agua potable, que se extraía de una cañada que corre junto a la base, fueron enormes al comenzar el invierno, pues todo se congeló y se hacía muy difícil perforar hasta donde se podía hallar agua líquida, por lo que tuvieron que racionar su empleo, dando prioridad a las comidas y la higiene más básica. 

Otro problema fue la evacuación de las aguas servidas, pues no se disponía de un sistema de saneamiento y se usaron baños químicos de camping, con poca capacidad, los que debían ser vaciados cada pocas horas, obligando a los expedicionarios a establecer un sistema de guardias para cumplir con esa desagradable pero importante tarea, que les permitió obtener aprendizaje para que al año próximo la nueva dotación pudiera preparar un sistema sanitario más adecuado al entorno extremo donde se habían instalado. 

Parte de la dotación del invierno 1986 en la BCAA

Seguía diciendo el Coronel Heber Cappi: 
“Esta experiencia, la primera para gentes de clima templado, de vivir en ambiente antártico así como la constatación de los efectos del congelamiento sobre los materiales y la acumulación de nieve, entre otras cosas, permitió tomar notas e informar respecto de próximas construcciones y de las técnicas a emplear en el futuro. 
Las dificultades encontradas, algunas de ellas previsibles como el “aislamiento”, las temperaturas y su influencia en las tareas a cumplir y el desplazamiento a través de las formas cambiantes del terreno, valoradas en ese momento, se constituyeron en partes importantes de los cursos que se impartieron a partir de entonces a las sucesivas dotaciones antes de su traslado a la Antártida. 
Fueron, para el grueso de la dotación, 13 meses en los que se conocieron aquellas desoladas tierras y aquellas bravas costas, se conocieron el hielo y la nieve, el viento, el frío y la ventisca y también, en mucha mayor medida, la pequeñez del ser humano así como la fuerza de la naturaleza y su maravillosa belleza. 
La gran sorpresa de la misión fue la belleza del invierno y su paisaje. Lo importante fue la convivencia en un ambiente reducido. 
Allí aprendimos que para marchar más al sur, objetivo que ya sentíamos como nuestro, se debía previamente hacer escuela en la Base Artigas. 

A partir de la experiencia de esta primera invernada, los que vinieron después fueron mejorando las instalaciones y las formas de convivir y de trabajar… 

Para saber más sobre estas vivencias, los invitamos a seguirnos en #CronicasAntarticas


Programa emitido por Radio Uruguay en Proa al Mar
https://radiouruguay.uy/programas/uruguayproaalmar/
Equipo de producción y realización de “Uruguay, Proa al Mar”
Equipo de Producción del programa:- Julio Dodino, Alejandro Nelson Bertocchi Morán, Waldemar Fontes, Carlos Olave, Walter Farnes, Daniel Valiñas y Nadya Tammara Navarro Bardecio

sábado, 5 de mayo de 2018

Antecedentes de la fundación de la Base Artigas - parte tres


En diciembre de 1984, Uruguay estableció su primera base en la Antártida, la Base Científica Antártica Artigas, pero para llegar a esa concreción, fue necesario recorrer un largo camino…
En las crónicas anteriores vimos que el Capitán Travieso mencionaba que Uruguay debía establecer una base meteorológica en la Antártida para contribuir a la seguridad hemisférica, en tiempos de la guerra fría, al finalizar la segunda guerra Mundial, mientras que por su lado el Profesor Musso, decía que debería establecerse una base uruguaya en la Antártida en la tierra de Coats, a la que llamaba “Artigas”, planteo que fue analizado por el COANCO (Comando Antártico Conjunto) luego de la Convención Antártica de 1970.
Pero aún faltaba mucho… 

Esta crónica fue preparada para “Proyección a la Antártida” del programa Proa al Mar del sábado 28 de abril de 2018, que se trasmite por Radio Uruguay.

El refugio Collíns, construido por Chile en 1969

Antecedentes de la fundación de la Base Artigas – Parte 3

Por Waldemar Fontes 

ver la crónica anterior

El 9 de octubre de 1956, el Consejo Nacional de Gobierno, presidido por Alberto Fermín Zubiría, del Partido Colorado, determinó la creación de una Comisión Técnica con el cometido de asesorar al gobierno respecto a los derechos que pudieran corresponder a la República sobre la Antártida, en momentos en que se estaba gestando la organización del Año Geofísico Internacional de 1957-1958 y si bien los resultados de esa comisión fueron efímeros, sirvieron de antecedente para los estudios que se hicieron más adelante. 

Luego de la Primera Convención Nacional Antártica, el gobierno, presidido por el Dr. Jorge Pacheco Areco, dispuso en el Decreto 226/70 del 19 de mayo de 1970, la creación de una Comisión de Estudios Antárticos, con el objetivo de asesorar al Poder Ejecutivo sobre la posible participación del país en las actividades científicas que se desarrollaban en el Continente Blanco. 

En los considerandos del Decreto, que fuera elaborado con participación de los Ministerios de Defensa Nacional, de Relaciones Exteriores y de Educación y Cultura y se mencionaba “el interés de la República de participar y colaborar en el mejor conocimiento científico de las regiones antárticas, que por razones geográficas evidentes ejercen una influencia significativa sobre las condiciones climáticas del país, así como sobre las características físicas y los recursos naturales del mar territorial de la República y de los espacios marinos y aéreos cercanos a nuestras costas” y se destacaba la conveniencia de promover el desarrollo de centros de investigación científica y tecnológica en relación a lo antártico, resaltando que se debería estar atentos “a los derechos de cualquier naturaleza que en virtud de razones de carácter histórico y geográfico pudieran corresponder a la República en las regiones polares situadas al sur del Continente Americano”. 

Esta Comisión, debía presentar conclusiones en un plazo máximo de 90 días, para que el Poder Ejecutivo tomara decisiones concretas sobre cómo participar de la actividad antártica, bajo la normativa del Tratado Antártico, que ya estaba vigente desde 1961. 

La Comisión estuvo integrada por un Representante del Ministerio de Relaciones Exteriores, que la presidía; y por representantes del Comando General de la Armada Nacional, del Comando General la Fuerza Aérea Uruguaya, del Servicio de Hidrografía de la Marina, del Servicio Geográfico Militar, del Instituto Geológico del Uruguay, del Instituto de Ciencias Biológicas, del Comité Oceanográfico Nacional, del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay y un representante del Instituto Antártico Uruguayo. 

En base al asesoramiento recibido, el Gobierno continuó analizando el asunto. El Ministerio de Relaciones Exteriores recalcaba que mientras estuviera vigente el Tratado Antártico, no era posible presentar reclamaciones sobre la Antártida, aunque los diversos actores involucrados coincidían en que a través de las actividades de investigación científica, sí era posible vincularse al tema y para eso debería elaborarse una estrategia, que incluyera el estudio profundo de la adaptación humana a la vida en la Antártida, a la vez que se analizaban las posibles formas de llegar hasta allí, para finalmente concretar la instalación de una base. 

El 11 de enero de 1980, Uruguay ingresó como miembro adherente del Tratado Antártico y a partir de 1982, se enviaron científicos y personal militar especializado en tareas logísticas a visitar instalaciones y bases antárticas de Argentina, Chile, Nueva Zelanda y Estados Unidos de América. 

En 1983, el entonces Tte. Cnel. Omar Porciúncula regresaba de Nueva Zelandia, donde se interiorizó del programa antártico de ese país, visitando además las bases Scott (NZ) y McMurdo (USA), trayendo ideas sobre cómo se podría construir una base antártica uruguaya. 

Comenzó una etapa de planificación para determinar el lugar donde instalar la futura base y se analizaron todas las alternativas, pasando desde la opción que planteaba la Armada Nacional, de adquirir un buque rompehielos, que pudiera llegar a la Tierra de Coats en el Mar de Weddell, como proponía el Profesor Musso, hasta la de realizar operaciones conjuntas con otros países. 

En esa época prestaba servicios en el Instituto Antártico Uruguayo, el Cnel. (Av.) Roque Aita, que en el año 1964, había planteado realizar un vuelo al Polo Sur geográfico. Ese proyecto, por razones económicas nunca se había podido encarar, pero la idea de emplear el medio aéreo se vio como una opción válida, mucho más económica que la de encarar la logística que podría significar establecer una base en las costas heladas del mar de Weddell. 

A partir de esta línea de acción se comenzó a planificar y se obtuvo el apoyo de la Fuerza Aérea de Chile (FACh), que facilitó intercambios de experiencia, visitándose la base aérea Tte. Marsh en la Isla Rey Jorge (25 de Mayo), donde ya se había establecido un aeropuerto que también disponía de instalaciones para investigación científica. 

A fines de 1983, el Coronel Ferreira, como Presidente del Instituto Antártico Uruguayo, se presentó al Tte.Gral Gregorio Alvarez (el Goyo), entonces Presidente de la República, informando el estado de los planes referidos a la Antártida y según cuentan algunos testigos, la respuesta del Presidente de la República fue: “-y ¿cómo? ¿Todavía no fueron?”, dando inmediatamente órdenes de que se ejecutara de inmediato el plan previsto, a la vez que autorizaba los recursos financieros necesarios para organizar el primer vuelo uruguayo a la Antártida, que se concretó el 28 de enero de 1984, con el aterrizaje del avión Fairchild FAU 572 en la base chilena “Tte. Marsh” transportando una delegación del IAU, que viajaba con la misión de establecer contactos con las bases allí instaladas (Tte Marsh de Chile y Bellingshausen de la Ex URSS) y de hacer reconocimientos para elegir el lugar donde instalar la futura Base Científica Antártica Artigas. 

el terreno elegido para el futuro emplazamiento de la Base Artigas

El emplazamiento elegido fue una planicie escalonada hacia el mar, con un gran lago de agua dulce al Noroeste y las estribaciones del glaciar Collins al Noreste, que reunía las condiciones de tener agua potable abundante, una costa aparentemente apta para desembarco de carga y un sitio de interés científico como lo era el glaciar allí cercano. 

En ese terreno había un pequeño refugio chileno, que podía albergar cuatro personas y sobre la costa, estaban los restos de un naufragio del siglo XIX. 

Una vez cumplidos los reconocimientos, la expedición retornó al Uruguay, para comenzar los trabajos destinados a adquirir y obtener materiales y seleccionar al personal que concurriría en la primera dotación. 

Bernabé Gadea
El apoyo de los chilenos fue vital en esta etapa, pues además de facilitar las coordinaciones aéreas entre Punta Arenas y la Isla Rey Jorge, cedieron el refugio “Collins” para uso de la expedición uruguaya y allí fue que arribó el entonces Mayor (Nav.) Bernabé Gadea, instalándose precariamente en ese refugio del 11 al 31 de marzo de 1984, desde donde, con el apoyo de la Base Tte. Marsh de la Fuerza Aérea de Chile (FACh), realizó observaciones meteorológicas en el lugar, convirtiéndose en el primer uruguayo que habitó y trabajó en esos desolados lugares, donde ya se había decidido instalar la futura Base. 

El proyecto de establecer una base uruguaya en la Antártida, ya estaba en marcha y los pioneros que habrían de fundarla, preparaban en Montevideo la logística del viaje que los llevaría a ser parte de la historia… pero eso lo contaremos en una próxima crónica. 

Los invitamos a seguirnos la semana próxima. 

Referencias

Ponencia: “Antecedentes de la fundación de la Base Artigas” por Waldemar Fontes, presentada en el XIII Encuentro de Historiadores Antárticos Latinoamericanos, realizado en Ushuaia, Argentina, del 28 al 30 de octubre de 2013.

sábado, 21 de abril de 2018

Antecedentes de la fundación de la Base Artigas - parte dos


La denominación “Base Artigas” fue empleada por el Profesor Julio C. Musso en 1962, pero la idea de instalar una base antártica uruguaya, ya era manejando por el Capitán de Navío Carlos Travieso en los años 1954-1955.

En diciembre de 1984, Uruguay estableció su primera base en la Antártida, la Base Científica Antártica Artigas, pero para llegar a esa concreción, fue necesario recorrer un largo camino…


Antecedentes de la fundación de la Base Artigas - (Segunda parte) 
por Waldemar Fontes

Esta crónica fue preparada para “Proyección a la Antártida” del programa Proa al Mar del sábado 21 de abril de 2018, que se trasmite por Radio Uruguay.


En diciembre de 1984, Uruguay estableció su primera base en la Antártida, la Base Científica Antártica Artigas, pero para llegar a esa concreción, fue necesario recorrer un largo camino…

En una crónica anterior vimos que el Capitán Travieso mencionaba que Uruguay debía establecer una base meteorológica en la Antártida para contribuir a la seguridad hemisférica, en tiempos de la guerra fría, al finalizar la segunda guerra Mundial.
 



Por su lado el Profesor Musso, había mencionado en el año 1961 que debería establecerse una base uruguaya en la Antártida en la tierra de Coats, a la que llamaba Artigas. Pero aún faltaba mucho. 

Los proyectos del profesor Musso en la década de 1970  


En la Primera Convención Nacional Antártica, llevada a cabo en abril de 1970, el Profesor Musso, presentó el libro “Antártida Uruguaya” donde replanteaba la ubicación de una base antártica uruguaya en la Tierra de Coats, empleando la denominación “Base Artigas (futura estación científica uruguaya)”, publicando el mapa que mostraba la proyectada ubicación de la misma y agregaba nuevas ideas, las que quedaron reflejadas en las Actas de la Comisión Científica de la Convención.

Allí se mencionaba, que además de la base antártica, debía crearse, en el territorio nacional, una “Estación científica para servicios de la Antártida”, la que cumpliría funciones como centro de entrenamiento, depósito de materiales, alojamiento de expedicionarios, tanto uruguayos como de otros países, justificando la misma con extensa documentación.

Este proyecto, fue luego descrito en 1975, en la “Publicación Nº 18” del Instituto Antártico Uruguayo, aún bajo la dirección de Musso, donde se presentaban los planos y más detalles de esta estación, la que se ubicaría en terrenos del Castillo Pitamiglio, en el balneario Las Flores.
Volviendo a las Actas de la Convención de 1970, se proponía también la concurrencia a la Antártida, de una delegación de científicos para realizar trabajos de reconocimiento, según un informe presentado por la Comisión de Navegación, donde se recomendaba la “realización de campañas exploratorias en la Antártida por buques uruguayos como medio de cumplir lo expresado en los proyectos emanados de las diferentes comisiones y en vista de una radicación efectiva en el continente (construcción de refugios de verano y eventualmente de bases permanentes)”. 

Las propuestas y recomendaciones de la Convención de 1970, fueron recogidas en 1973, por el recién instituido Estado Mayor Conjunto (ESMACO), donde se había creado una oficina especializada para estudiar la temática antártica: el Comando Antártico Conjunto (COANCO).

El COANCO presentó un informe con sus primeras conclusiones, donde se expresaba, que en virtud de la necesidad urgente de tomar una decisión respecto a la forma en que Uruguay debería participar en la actividad antártica, se deberían realizar acciones concretas, previniendo el choque de intereses con otros países, asesorando a la Junta de Comandantes en Jefe en un documento fechado el 23 de enero de 1973, que debería apoyarse la propuesta de organizar una exposición científica antártica en Montevideo y afiliarse al SCAR (Comité Científico de Investigación Antártica) y al Tratado Antártico de 1959.

A partir de estas acciones, se debería tomar una decisión sobre cómo llevar a cabo la Expedición Antártica Uruguaya y cómo debería ser la integración oficial del Instituto Antártico Uruguayo.

En esa decisión, se analizaba la teoría de Musso, de ubicar la futura base uruguaya en la Tierra de Coats, desestimando esa región por su difícil acceso para los medios disponibles en el Uruguay en ese momento y por los conflictos internacionales que se podrían generar en virtud de los reclamos territoriales ya existentes de Argentina, Chile y el Reino Unido, sobre la región propuesta por Musso.

Por esas razones, se planteaba que la eventual estación uruguaya debería establecerse en una zona más hacia el Este, argumentando que un reclamo uruguayo sobre la Antártida debería extenderse entre los meridianos, 0º al 25º Oeste, desde el Polo Sur.

Mapa del informe del COANCO con el posible "Sector antártico del Uruguay" - 1973 

En 1974, aún bajo la dirección del Profesor Musso, el Consejo Directivo del Instituto Antártico Uruguayo, presentó en la Publicación Nº 17 del IAU, un ambicioso programa de actividades, que incluía desde la organización de conferencias científicas, hasta la instalación de la futura Base Gral. Artigas.

En este programa, para fines de 1975, preveían la zarpada de navíos de bandera uruguaya, coordinados por el COANCO, rumbo a la Antártida, a la vez que se iniciaba la preparación del personal que integraría la primera expedición, a desplegarse en enero o febrero de 1976.

Complementando esos planes, se preveía el embarque de científicos y exploradores uruguayos en buques antárticos de otros países.

Para 1976, se preveía la puesta en funcionamiento de la estación de apoyo en territorio nacional, que se había planteado antes, desde donde se prepararía la segunda expedición, que contaría con el aporte y experiencias de los expedicionarios que habían participado en la campaña anterior, alistando todos los medios para comenzar a finales de 1976, la campaña donde se comenzaría la construcción de la “Estación Científica Gral. José Gervasio Artigas”, en el Continente Antártico.

La propuesta era que inicialmente esa estación operara solo en el verano, previéndose que a partir de la campaña de 1977, se comenzara a trabajar en su ampliación para que operara todo el año, a partir del invierno de 1978, cuando se empezarían a realizar estudios científicos.

Durante 1977, se preveía analizar toda la información surgida de las campañas efectuadas y publicar los resultados, a la vez que se planteaba que el COANCO debería proporcionar el apoyo naval necesario para el aprovisionamiento marítimo de la estación con al menos dos buques y que debería analizarse la posibilidad de contar también con apoyo aéreo.

En 1975 el Instituto Antártico Uruguayo, pasó a depender del Ministerio de Defensa Nacional.

La nueva realidad administrativa, enmarcada en el gobierno de facto que regía al Uruguay desde 1973, produjo un importante cambio en el ritmo de las acciones del IAU y si bien su incorporación al Estado, le proporcionó medios y facilidades que de otra manera jamás habría obtenido, los planes y proyectos que se venían elaborando por autores como el Capitán de Navío Carlos Travieso y el Profesor Musso, fueron quedando de lado.

Una serie de tensiones entre la Armada Nacional con la Fuerza Aérea Uruguaya y el Ejército Nacional, originadas ante el relevo del Ministro de Defensa y la posterior renuncia del Contra Almirante Zorrilla en febrero de 1973, produjo tensiones que se mantuvieron latentes durante el período que duró el Proceso Cívico Militar, haciendo dilatar la participación de la Armada Nacional en la concreción de instalar la imaginada Base Artigas.




Pasados los años, la importancia estratégica del proyecto del profesor Musso fue revalorizada y si bien no se tomó en cuenta la propuesta original de ubicación de la base antártica que él planteaba, se siguió un proceso similar a lo proyectado en 1975, adaptándolo a la nueva realidad.

En 1980 se concretó el ingreso de Uruguay al Tratado Antártico y la aceptación de la normativa que ello implicaba, obligó a la República a involucrase seriamente, ejecutando acciones políticas y operacionales concretas, que relataremos en una próxima crónica.

Los invitamos a seguirnos en la parte 3 de esta historia.

Referencias
Ponencia: “Antecedentes de la fundación de la Base Artigas” por Waldemar Fontes, presentada en el XIII Encuentro de Historiadores Antárticos Latinoamericanos, realizado en Ushuaia, Argentina, del 28 al 30 de octubre de 2013.
Prof Julio C. Musso: "Antártida Uruguaya"  Ediciones El País, Montevideo 1970

sábado, 14 de abril de 2018

Antecedentes de la fundación de la Base Artigas - parte 1


La denominación “Base Artigas” fue empleada por el Profesor Julio C. Musso en 1962, pero la idea de instalar una base antártica uruguaya, ya era manejando por el Capitán de Navío Carlos Travieso en los años 1954-1955.

En diciembre de 1984, Uruguay estableció su primera base en la Antártida, la Base Científica Antártica Artigas, pero para llegar a esa concreción, fue necesario recorrer un largo camino…


Antecedentes de la fundación de la Base Artigas
por Waldemar Fontes

Esta crónica fue preparada para “Proyección a la Antártida” del programa Proa al Mar del sábado 14 de abril de 2018, que se trasmite por Radio Uruguay.

En diciembre de 1984, Uruguay estableció su primera base en la Antártida, la Base Científica Antártica Artigas, pero para llegar a esa concreción, fue necesario recorrer un largo camino…

La denominación “Base Artigas” fue empleada por el Profesor Julio C. Musso en 1962, pero la idea de instalar una base antártica uruguaya, ya era manejando por el Capitán de Navío Carlos Travieso en los años 1954-1955. 


Travieso, fue precursor en el planteo de los posibles derechos de Uruguay sobre la Antártida, escribiendo mucho al respecto, con el seudónimo “marinante”. Esas notas y apuntes, fueron luego publicados en el libro “Geopolítica Atlanto – Antártida y de la Cuenca del Plata”, del que extraemos algunos párrafos:

MEMORANDUM (del CN Travieso) AL SR. INSPECTOR GENERAL DE MARINA, del 13 de enero de 1954.-

En pro de la instalación de una estación meteorológica, de costo ínfimo, en la Antártida. Oportunidad Única, que nos brinda la situación mundial y los Tratados que hemos suscrito, de reservarnos para el futuro, un inmenso e invalorable territorio fuente de trabajo y bienestar. Desaprovechar tal oportunidad - olvidando violatoriamente nuestros compromisos-, afectaría nuestro futuro y viabilidad como Nación Independiente. Todos los problemas técnico-económicos, podría resolverlos la Armada con muy poco más de los rubros para ella previstos, si nos decidiésemos por la empresa -cuantiosas ganancias a corto plazo y prestigio para quienes realizasen la idea…

Complementando ese Memorando, agrega una carta que le escribiera al Agregado Naval de los EE.UU. C/F Edward Hoffman, el 9 de setiembre de 1955, donde decía:

De años atrás he venido realizando gestiones ante nuestras autoridades, para que se instalase, en forma permanente, una estación meteorológica en la Antártida, que contribuiría eficazmente al mejor conocimiento del clima del Atlántico Sur, y a las predicciones de más largo alcance y eficacia para la navegación; deparándonos también otras ventajas de orden político y de seguridad colectiva.-

Entre estas últimas estaría que, al reivindicar para nuestro país el sector - Atlántico de la Antártida, contiguo al que reclama la República Argentina (del 25ºW al 74ºW), …

Frente a todo ello, y dada la feliz contingencia de la estrecha amistad y comunidad de ideales entre nuestras respectivas Patrias,… me permito molestar su atención para solicitarle - se me ocurre por "préstamo y arriendo"-, para adquirir una estación meteorológica, completa para participar en el año Geofísico Internacional, en la Antártida.-

Agradecería igualmente se me indicase la posibilidad de obtener - y los precios correspondientes-, elementos complementarios indispensables para la locomoción sobre el hielo, y a ser posible también una estación trasmisora que diese información meteorológica, automáticamente, durante la noche polar…


La idea del Capitán Travieso, no pudo concretarse, y el 19 de mayo de 1961, el Profesor Julio César Musso, publicaba en el Diario "La Mañana", una nota titulada “Ubicación de la Base Artigas, en Tierra de Coats” donde se lamentaba de las dilaciones del Estado uruguayo en tomar una decisión sobre los derechos que le corresponderían en la Antártida, expresando lo siguiente: 
Despejamos nebulosas en torno al trazado geográfico de la ubicación del territorio soberano de Uruguay en la Antártida; dicho territorio está debidamente definido tomando como eje el Paralelo 55º que cruza la República y próximo a Montevideo, trazando ruta hacia el sur, atravesando el Estrecho de Drake e internándose, a partir del meridiano 60º y al este de las Islas Falkland, haciendo la primera escala en las Islas Orcadas del Sur, continuando luego la navegación hasta internarse en el Mar de Wedell y en cuya culata, al fondo luego de atravesar la barrera de hielos, se escala en el Continente Antártico, en el campo de hielo de Filchener, ubicando en dicho territorio la Estación y Base ARTIGAS.

A los pocos meses, en el primer número de la Revista Antártida Uruguaya, publicada en junio de 1962, el Profesor Musso, proponía organizar la primera expedición científica uruguaya al Continente Antártico, para establecer una estación de observación meteorológica, electromagnética, de radiocomunicaciones y de estudios oceanográficos.



El Capitán Travieso, continuó su prédica, planteando una ubicación alternativa para establecer una estación meteorológica uruguaya en un área que asegurara derechos sobre zonas antárticas, no reclamadas por Argentina, Chile o el Reino Unido, encontrando que la desolada Isla Bouvet, podría ser el lugar ideal para esa instalación, expresando el 29 de enero de 1968, en una mesa redonda trasmitida por televisión, la importancia de reivindicar nuestros derechos históricos, aunque sin generar conflicto con los países hermanos que ya tenían disputas territoriales en la Antártida, por lo que sugería que se podría instalar una estación meteorológica en la Isla Bouvet, “sita en zona templada-fría, con acceso por mar y aire en toda época del año y sin noche polar”. Puntualizando que allí debería estar nuestro punto de partida para estudiar “nuestro sector” en la Antártida.

A fines de 1979, Uruguay, estaba en vías de suscribir el Tratado Antártico y los medios de prensa se hacían eco del acontecimiento. Ya oficializado el IAU, el Profesor Musso había quedado desvinculado de la actividad antártica oficial, pero su vehemencia no le permitía guardar silencio y seguía dando notas a la prensa.

En particular, es interesante destacar una nota de El Día titulada “cuatro opciones nacionales en la Antártida”, donde Musso, analizando las obligaciones que debería asumir el país, hablaba de la instalación de la futura Base Artigas y respondía a la pregunta de la periodista Olga Alfonso, acerca de ¿Cuáles serían los aspectos esenciales de nuestra presencia y radicación en la Antártida?, diciendo:

Toda radicación científica en la Antártida, reúne dos aspectos fundamentales: 1) acierto en la ubicación de la Estación, aunque fuere temporal, con facilidades probadas de acceso y salida expedicionaria, y 2) utilidad integral de la misma para la comunidad que opere activamente en el área…

En relación con el primer punto, siempre fue aspiración radicar la Estación "José Artigas" en el área territorial sólida de Cabo Norvegia, el cual constituye portal para la navegación por los canales existentes al sur de la Gran Barrera de hielos del mar de Weddell, hasta el Cabo Adams, en la culata del referido mar y a oriente de la Península Antártica.



Con respecto al segundo punto, dice el Prof. Musso, que se hace necesario y con carácter prioritario, establecer depósitos de maniobra en la citada Estación, para reserva de combustibles sólidos y líquidos que constantemente requieren las expediciones y estaciones allí radicadas. ANCAP y las empresas petroleras que operan en Uruguay, tienen una opción de bunker en el área que se hace imposible ignorar. Radicación y utilidad están pues, hermanadas. Esta es la primera opción que tiene Uruguay.

En las otras opciones que Musso detallaba en la entrevista, mencionaba la necesaria capacidad de navegación que se debería tener para abastecer esa base, considerando la Isla Bouvet, como una escala obligada de esas travesías, además de considerar otros aspectos como la logística necesaria para su funcionamiento y la premura de tiempo para cumplir con los compromisos que permitirían “acreditar competencia plena para participar en las Reuniones Consultivas del Tratado”.

Pasaron los años y las visiones del Capitán Travieso o las del Profesor Musso, quedaron perdidas y olvidadas. 

En 1980 se concretó el ingreso de Uruguay al Tratado Antártico y la aceptación de la normativa que ello implicaba, hizo que se tomaran otros rumbos, aunque las ideas, siguen estando allí latentes y quien sabe, algún día podrían ser retomadas y llevadas a cabo, respetando las reclamaciones de otros si, como ambos visionarios lo plantearon siempre, pero también haciendo valer los derechos, que ellos supieron proclamar.

Los invitamos a leer la segunda parte de esta crónica

Referencias
Ponencia: “Antecedentes de la fundaciónde la Base Artigas” por Waldemar Fontes, presentada en el XIII Encuentro de Historiadores Antárticos Latinoamericanos, realizado en Ushuaia, Argentina, del 28 al 30 de octubre de 2013.